sábado, 20 de abril de 2013

LA METAMORFOSIS de KAFKA (y del ministro WERT)


Versión del Capítulo I de "La Metamorfosis" de KAFKA en la "persona" de Wert.




Sonó la alarma de su móvil y su dedo índice lo apagó con destreza en medio de la oscuridad. Era viernes. Ignacio permaneció en la cama durante unos minutos con la extraña sensación de que sentía un frío interior. Era diciembre y la calefacción había estado toda la noche funcionando perfectamente. Hoy había consejo de ministros y debía proponer una nueva tesis sobre la reforma del sistema educativo. Después debería comparecer ante los medios, poner la mejor de sus sonrisas y tratar de capear las preguntas de aquellos medios que le eran hostiles.

Encendió la luz con un chasquido de sus dedos y cuando se incorporó para ponerse las zapatillas cayó al suelo. No tenía piernas. Al menos no tenía las piernas que le condujeron a la cama la noche anterior. El miedo le abrazó con tanta fuerza que fue incapaz de gritar. Tampoco nadie, salvo su directora de protocolo que estaba a punto de llegar y su secretaria, hubiera podido hacer nada.

Desde el suelo se agarró al colchón de la cama y se impulsó para poder descubrir el edredón polar. Una mancha gelatinosa transparente se movía nerviosa por la mitad inferior de la cama. Era como esas gotas de mercurio que juegan a unirse y separarse cuando se ha roto un termómetro. El viscoso líquido transparente estaba gélido y parecía que le subía por sus inexistentes extremidades inferiores. “Tranquilo Ignacio, hoy será un buen día y esto sólo es una pesadilla”. Tras terminar la frase, parte de su tronco se transformó en liquido rodeado de una fina y lipídica membrana de la que no dejaban de generarse decenas de cilios. Quedó en silencio y pensó con cautela “¿no será esto un castigo por la reforma que voy a impulsar?" Miró su medio cuerpo líquido y no experimentó cambio alguno.

De repente, su “iPad”, colocado en la mesita de noche se iluminó y la cara de su secretaria relució como de costumbre: “Don Ignacio, buenos días. Acaba de llegar Susana, ¿está todo bien?”. Ignacio sabía que a la jefa de protocolo no le gustaba esperar, pero bastante tenía él con haberse deslizado por debajo de la cama para no ser interceptado por la cámara retina del “iPad” que le había asignado el congreso. “¿Está todo bien Don Ignacio?” Un entrecortado “sí” promovió que el líquido corporal y membranoso continuara ascendiendo hasta su cuello. Ya no tenía brazos ni torso. Era una cabeza seguida de una masa gelatinosa plagada de microvellosidades ciliadas, que se desplazaba por la habitación como un espermatozoide en la sala de espera de un centro de donantes de gametos masculinos.

Ignacio comenzó a sudar unas lágrimas densas incoloras que nacían de cada uno de los cilios que tapizaban su acuoso e hirsuto cuerpo.  “Una ameba, me estoy transfigurando en una ameba” No era una transformación sino una transfiguración. Ignacio cayó en la cuenta de que en las dos veces que había mentido esa mañana, el líquido orgánico se había apoderado de una mayor parte de su cuerpo y el número de cilios había aumentado. “Si miento otra vez, mi cabeza será fagocitada por mí mismo”. El terror a desaparecer de la escena pública, del mundo, de las luces y los micrófonos le llevó a describir rápidos movimientos sinusoidales por el suelo de la habitación. Se detuvo junto a su cartera ministerial. A la altura de sus ojos brillaban las doradas letras “Ministerio de Educación”. Enrolló su parte plasmática sobre la cartera mientras continuaba exudando lágrimas que después reabsorvía. “Una mentira más y terminaré en el cubo de la fregona, no puedo permitírmelo”.

De nuevo el “iPad” se iluminó. “Señor ministro, Susana ya tiene preparadas las declaraciones para la rueda de prensa porterior al consejo de ministros". No hubo respuesta ni tampoco se sabe que se le pasaría a Ignacio por su mente unicelular. Lo único que se movía en la habitación era la imagen de la secretaria en la pantalla del “iPad” como tratando de ver de dónde provenía ese sonido tan particular que le recordaba a cuando se vaciaban las cantaras de aceite de cinco litros en su Zafra natal.